Dos pétalos, dos percepciones.
Dos pétalos de la marginalidad caminan entre las vías del tren de occidente. Sus pasos son lentos y ausentes de peso, levitando por encima de las piedras azules que cubren las maderas y el hierro del camino del tren. Es de tarde, de esas tardes en las que ya la oscuridad comienza a despender su telaraña nocturna al sol que huye a refugiarse de esa trampa detrás líneas de cerros del paisaje dejando una estela de color magenta. Los pétalos siguen andando sin preocuparse de la oscuridad que, una vez más nace en sus vidas diarias, y mientras avanzan platican con diálogos de esperaza de sus infectados espasmos de vida.
Margarita - cada vez que camino por aquí recuerdo a aquel corcovado que corría tras del tren, sin zapatos, ese que sus pies sangraban por el desgaste material de las piedras, siempre en busca de su sueño estéril, ser un polizonte que viaja al norte del país en busca de la imagen equivoca del bienestar económico y de salud; recuerdo que un día él me dijo que allá le quitarían su loza inefable de la espalda y que , después de eso, sus pasos serían mas rectos, mas hermosos; yo nunca le creí eso, es más le dije que no hacia falta quitarse esa seña tan bella de su persona, que no era necesario ir tan lejos a buscar esa falsedad de bienestar efímero que poco a poco destruiría su vida en medio de la explotación corporal y mental que le sucede a todos los que se van para allá, pero él nunca me hizo caso. Recuerdo su rostro, florecía en él una esperanza, cada vez que hablaba sobre su partida los ojos se le cristalizaban y parecían dos grandes insectos, un escarabajo y un mayate, negro y verde en su mirada de sueños; cuando el tren se acercaba al barrio él comenzaba a preparase, con su cuerpo lento y pies descalzos, para el asalto de su botín de “la bestia mecánica”, como él la llamaba; un día me dijo que cuando logrará su hazaña ya nadie de por aquí lo vería jamás en sus insípidas y deplorables vidas, que cuando él tuviera la perfección de su cuerpo ninguno de nosotros, ni tu, ni yo, podríamos observarlo en su verdadero esplendor; yo le dije que eso era una ilusión que nunca lograría y él trataba de negarse a eso; le dije que aquí tenía lo que necesitaba para vivir feliz, bueno al menos en la felicidad que nosotros sabemos que hay, pues cada barrio o ciudad tiene sus diferentes tipos de felicidad, por que es diferente la percepción, la vida, acá se vive con sangre, puñal, golpes, sueños, amor, allá no tengo idea pero supongo que no es igual, sin embargo esta felicidad, la nuestra es mas humana, mas fiel al sentir corporal y emocional, esto lo digo por todo lo que hemos vivido, pero no me hizo caso, nunca me ponía atención. Un día, creo que por estas fechas, desapareció, tal vez logró su meta, su sueño motor de su felicidad, tal vez murió en el intento, o quizás se fue del barrio por la vergüenza de no lograr, en cuatro años, su objetivo. Pues recuerda que era demasiado lento y torpe, que sus pies estaban casi muertos por la putrefacción de sus heridas, todo por una ilusión de belleza, él mismo se carcomió su cuerpo, desde su nacimiento llevo ese estigma de flagelación y hasta en sus mismo sueño roía su mente; nunca le dije que lo quería, fue mejor así, solo recuerdo su silueta, sus gestos, su joroba, sus pies de color confuso y su sueño que al final de cuentas lo busco, me pregunto, ¿Realmente vale la pena un sueño, que sin importar que destruyamos nuestro cuerpo, nuestra mente y a los demás, hagamos acciones de flagelación para conseguirlo? ¿En qué momento ese sueño se convierte en obsesión, en mentira de una realidad, en la realidad de una mentira llamada vida?
Sofía- No lo se, desde hace unas horas no enfoco bien ninguna forma que nos rodea, y tus palabras ni siquiera retumban en mis tímpanos, creo que es el efecto de la droga, a ti te hizo bien, a mi me esta matando.
Quetzal de Oliva Peyotl
Dos pétalos de la marginalidad caminan entre las vías del tren de occidente. Sus pasos son lentos y ausentes de peso, levitando por encima de las piedras azules que cubren las maderas y el hierro del camino del tren. Es de tarde, de esas tardes en las que ya la oscuridad comienza a despender su telaraña nocturna al sol que huye a refugiarse de esa trampa detrás líneas de cerros del paisaje dejando una estela de color magenta. Los pétalos siguen andando sin preocuparse de la oscuridad que, una vez más nace en sus vidas diarias, y mientras avanzan platican con diálogos de esperaza de sus infectados espasmos de vida.
Margarita - cada vez que camino por aquí recuerdo a aquel corcovado que corría tras del tren, sin zapatos, ese que sus pies sangraban por el desgaste material de las piedras, siempre en busca de su sueño estéril, ser un polizonte que viaja al norte del país en busca de la imagen equivoca del bienestar económico y de salud; recuerdo que un día él me dijo que allá le quitarían su loza inefable de la espalda y que , después de eso, sus pasos serían mas rectos, mas hermosos; yo nunca le creí eso, es más le dije que no hacia falta quitarse esa seña tan bella de su persona, que no era necesario ir tan lejos a buscar esa falsedad de bienestar efímero que poco a poco destruiría su vida en medio de la explotación corporal y mental que le sucede a todos los que se van para allá, pero él nunca me hizo caso. Recuerdo su rostro, florecía en él una esperanza, cada vez que hablaba sobre su partida los ojos se le cristalizaban y parecían dos grandes insectos, un escarabajo y un mayate, negro y verde en su mirada de sueños; cuando el tren se acercaba al barrio él comenzaba a preparase, con su cuerpo lento y pies descalzos, para el asalto de su botín de “la bestia mecánica”, como él la llamaba; un día me dijo que cuando logrará su hazaña ya nadie de por aquí lo vería jamás en sus insípidas y deplorables vidas, que cuando él tuviera la perfección de su cuerpo ninguno de nosotros, ni tu, ni yo, podríamos observarlo en su verdadero esplendor; yo le dije que eso era una ilusión que nunca lograría y él trataba de negarse a eso; le dije que aquí tenía lo que necesitaba para vivir feliz, bueno al menos en la felicidad que nosotros sabemos que hay, pues cada barrio o ciudad tiene sus diferentes tipos de felicidad, por que es diferente la percepción, la vida, acá se vive con sangre, puñal, golpes, sueños, amor, allá no tengo idea pero supongo que no es igual, sin embargo esta felicidad, la nuestra es mas humana, mas fiel al sentir corporal y emocional, esto lo digo por todo lo que hemos vivido, pero no me hizo caso, nunca me ponía atención. Un día, creo que por estas fechas, desapareció, tal vez logró su meta, su sueño motor de su felicidad, tal vez murió en el intento, o quizás se fue del barrio por la vergüenza de no lograr, en cuatro años, su objetivo. Pues recuerda que era demasiado lento y torpe, que sus pies estaban casi muertos por la putrefacción de sus heridas, todo por una ilusión de belleza, él mismo se carcomió su cuerpo, desde su nacimiento llevo ese estigma de flagelación y hasta en sus mismo sueño roía su mente; nunca le dije que lo quería, fue mejor así, solo recuerdo su silueta, sus gestos, su joroba, sus pies de color confuso y su sueño que al final de cuentas lo busco, me pregunto, ¿Realmente vale la pena un sueño, que sin importar que destruyamos nuestro cuerpo, nuestra mente y a los demás, hagamos acciones de flagelación para conseguirlo? ¿En qué momento ese sueño se convierte en obsesión, en mentira de una realidad, en la realidad de una mentira llamada vida?
Sofía- No lo se, desde hace unas horas no enfoco bien ninguna forma que nos rodea, y tus palabras ni siquiera retumban en mis tímpanos, creo que es el efecto de la droga, a ti te hizo bien, a mi me esta matando.
Quetzal de Oliva Peyotl


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